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“La ¿relación? de pareja”

 

Puesta en escena

 

Sábado por la noche. La sala llena de gente. Están los que vienen solos, en grupos, emparejados. Charlan, ríen, beben, se cruzan las miradas, se buscan para bailar...Y entre tanto ritmo y calor, los hay que intentan olvidar su soledad, los que celebran su último ligue, los que calculan su siguiente aproximación, quizás aquí encuentren su media naranja, quizás justamente aquí la hayan perdido.

Mientras, en la sala suena...

 

“…Pero bien, tu amor me hace bien

tu amor me desarma

ay! tu amor me controla

me vence, me amarra…”

 

Canciones que nos hablan de amor, desamor, celos y demás pasiones, expresan en muchas ocasiones de forma certera aquello que nos pasa. Las cuestiones amorosas no nos dejan indiferentes, mas al contrario, parecen desatar en nosotros las reacciones más extremas.

Habrán visto que en el título aparece un interrogante en la palabra relación. ¿Qué es la relación de pareja? ¿Qué vínculos se establecen? ¿Es posible la relación de pareja? Son cuestiones complejas que intentaremos desarrollar a continuación.

 

Del mito de Aristófanes a la media naranja

 

En “El Banquete” de Platón encontrarán el mito del andrógino que relata Aristófanes. Lo que en él se dice es que en un principio habitaba la Tierra un ser esférico completo que reunía en sí ambos sexos. Cierto día, Zeus decide la división de estos seres en dos mitades para evitar así que le disputaran el poder de los cielos. Al parecer, el castigo no fue efectivo, porque las mitades tendían a reunirse por el influjo de una poderosa fuerza que las atraía hacia su primitivo estado. “Cuando uno de ellos se encuentra con aquella otra mitad de sí mismo (…), queda aquél fascinado y cautivo de amor, afinidad e intimidad, y ya no desean separarse uno de otro ni siquiera por un momento". Mueren así de inanición, pero abrazados.

Desde entonces los seres humanos nos vemos condenados a buscar la mitad que nos complete, "y la razón de ello reside en que la naturaleza humana era originariamente una y el hombre era un ser completo e íntegro; y el deseo que persigue aquella integridad es llamado precisamente amor"

¿Qué es lo que cada uno desea del otro? He aquí una clave: si pudiéramos descifrarla quizás estaríamos en condiciones de entender un poco mejor de qué estamos hablando cuando hablamos del amor…


Enamoramiento

Vivimos en la creencia de que nuestra media naranja existe, que ese otro que nos falta aparecerá y completará nuestras vidas; mandato del que parece difícil abstraerse. Sin embargo, ¿quién nos puede decir que esto no es así, que la media naranja no existe? ¿Acaso no es lo que sentimos cuando estamos enamorados?

En la etapa del enamoramiento se produce una sobreestimación de la persona amada. Le atribuimos virtudes que en realidad no tiene. Creemos que nuestro amado/a es perfecto, está exento de crítica. Es incluso mejor que él mismo antes de que le eligiéramos para amarle. En palabras de Pablo Neruda: “Ah! déjame recordarte como eras entonces cuando aún no existías”.

 

¿Cómo elegimos a quién amar?

 

El primer objeto de amor es la madre, y toda búsqueda posterior no es otra cosa que un intento de reencontrar ese primer amor perdido. Sobre la elección de objeto amoroso diremos que, en psicoanálisis se la considera inconciente, es decir, no pasa por la voluntad.

Si la elección de una persona se basa en la relación con uno mismo, se define como elección narcisista. Se ama lo que uno es en sí mismo, lo que uno ha sido o lo que quisiera haber sido. En realidad no es que amo al otro, sino que me amo a mí mismo a través del otro, como si estuviera delante de un espejo.

No todas las elecciones de amor son de tipo narcisista. En ocasiones, la elección del amado persigue el arquetipo materno (madre nutricia) o el arquetipo paterno (padre protector). Y no es extraño que se elija al otro como proveedor, como nuestro protector. En este caso, dar es sinónimo de amar. A este tipo de elección se la define como de apuntalamiento.

 

Amor

 

El final del enamoramiento se vive generalmente como el fin del amor, cuando en realidad es su comienzo. El amor es pensar la relación, supone un trabajo constante; sin embargo, en qué pocas ocasiones, tras el enamoramiento, se instala el amor.

A menudo escuchamos en la consulta: “es que mi marido no me saca”, “no me ayuda en casa”, “solo quiere estar con los amigos”. O él quejándose porque su mujer “ya no se cuida” o “nunca tiene ganas”. La pasión se extingue, los encuentros sexuales devienen “desencuentros”, apenas un puro trámite.

Si consultamos la definición de amor en el diccionario encontraremos, entre varias acepciones, la siguiente: “Esmero con que se trabaja una obra deleitándose en ella”. Esta definición nos amplía el concepto amor: amo en el proceso de creación. De este modo, podríamos decir que es más interesante la relación que establezco con el otro, que el otro en sí. Si siento que él lo es todo para mí, si él es lo único que tengo, le “obligo” a que sea mi padre, mi madre, mi amiga, mi hermano, mi confesor… Más tarde o más temprano, decepcionado, acabaré diciendo: “Es que no me da todo lo que necesito”.

Amar sería ver cómo me las arreglo para aceptar que cada uno tenga un mundo y podamos, paralelamente, construir un proyecto común. Las posibilidades de agotamiento, de sequía en este tipo de relación son menores.

De lo contrario, y en palabras del psicoanalista Emilio González,  en su libro “La vida cotidiana al diván”: “poco a poco fueron encerrando su mundo en la pareja y cuando hubieron terminado con la tarea, cerraron con llave la trampa y comenzaron a transitar el camino por el que, en la creencia de que el mundo puede caber en mi pareja, avanzamos hasta perder la pareja, y ahí caer en la cuenta de que estamos perdidos del mundo”*.

 

 

Espejos Grupo Terapéutico

 

 

* Emilio González Martínez – Lidia Andino Trione.  “La vida cotidiana al diván” Ediciones Maikalili, Barcelona, 2007.

 

 

 

 

 

 

La mafia farmacéutica impone el DSM-5 de psiquiatría

 

 

El 18 de mayo del año pasado la Asociación Americana de Psiquiatría presentó la última edición del Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders), conocido como DSM-5, en el marco de su congreso anual, celebrado en San Francisco. Como todo lo que tiene su origen en Estados Unidos, han logrado convertirlo en una obra de referencia en la materia. Es la Biblia para los psiquiatras del mundo.

La primera edición del Manual, publicada en 1952, tenía 120 páginas y la cuarta, publicada en 1994, casi alcaza las mil. Una edición especial del “Journal of Mental Health” planteaba en 2010 si queda alguien en el mundo al que podamos considerar mentalmente sano.

Lo mismo escribió Allen Frances, que estuvo a cargo de la edición anterior, el DSM-4, en un editorial del diario Los Angeles Times: “Aprendí a través de una dolorosa experiencia cómo pequeños cambios en la definición de los desórdenes mentales pueden crear enormes e indeseadas consecuencias”. Reconoce que con su obra habían contribuído a la creación de tres falsas epidemias que desde entonces se estaban diagnosticando más de la cuenta.

Pero hay algo que nos alivia del este agobio siquiátrico: la transexualidad ya no es un trastorno mental. Por fin se han curado. Antes eran enfermos; ahora ya no. Pero no me preguntéis que pócima mágica les ha curado de su enfermedad, porque el manual no habla de eso para nada.

Otra enfermedad que también desaparece es lo que antes llamaban “trastorno por hiperactividad sexual”, seguramente no porque los enfermos que la padecían se hubieran curado, sino porque no querían curarse por más pastillas de bromuro que les recetaran. En los tiempos de la Viagra era un trastorno demasiado estúpido.

En mi opinión, los transexuales y los hiperactivos sexuales no estaban locos ni antes ni ahora, pero no se si se puede decir lo mismo de los siquiatras, es decir, no se si los que no están bien de la cabeza son ellos que, como tantos otros científicos, se creen sus propias bobadas.

Resulta que en una sociedad capitalista saturada de publicidad, padecemos adicciones de todo tipo. Ahora a las aficiones se les llama adicciones. El que no es adicto a una cosa, es adicto a otra. Estamos trastornados por todo. Somos sicópatas y sociópatas. Somos adictos al juego pero la publicidad de la lotería, el cuponazo, los concursos, los bingos, las apuestas y el póker están por todas partes. Otros son adictos al porno, a las comilonas, a la cocaína, a los videojuegos, a las compras, a la tele... 

Lo que está claro es que estas -y otras- enfermedades son inventadas, es decir, no existen en absoluto. Como bien solía decir el doctor Sydney Burwell, profesor de la Universidad de Harvard, “durante los próximos 10 años la mitad de lo que hoy se enseña a los estudiantes de medicina habrá demostrado ser falso, el problema es que ningún profesor sabe qué mitad”(*). ¿Sólo la mitad? Yo creo que bastante más.

Tampoco cabe descuidar otra posibilidad: que los trastornos mentales sean consecuencia del podrido capitalismo que padecemos, es decir, que en lugar de tomar tantas pastillas deberíamos curarnos de nuestros trastornos, delirios y adicciones saliendo a la calle a sujetar una pancarta.

Sobrevivimos gracias a las pastillas. Los especialistas que no las recetan, como los sicoanalistas por ejemplo, padecen todo tipo de ataques por parte de los lacayos de la industria farmacéutica, un negocio que funciona al revés que el resto del mundo: cuantos más enfermos, más saneada marcha su cuenta de resultados. Allen Frances lo ha calificado como “una catástrofe de salud pública”. Un antidepresivo como el Prozac se vende casi tanto como la Coca-Cola: 10 millones de consumidores diarios.

Lo curioso de este asunto es que no vamos al médico para que nos cure nada sino para que nos recete algo, lo que sea, y los médicos recetan lo que antiguamente se llamaba “la purga de Benito”: cualquier cosa para remediar cualquier enfermedad. Por ejemplo, el Prozac está oficialmente indicado para los deprimidos, para los obsesivo-compulsivos, para la bulimia, para la pérdida de la autoestima, la anhedonia (imposibilidad de sentir placer), el estrés, la ansiedad, la timidez, la tristeza y -sobre todo- para la distimia, que es una especie de depresión de segunda clase.

Una sociedad podrida todo lo pudre. Cualquiera que sea el diagnóstico, quien realmente está enferma es la medicina. Lo mismo te recetan pastillas para que te duermas, que pastillas para que te espabiles por la mañana. Padecemos sobredosis, sobrediagnóstico, sobrefármacos, especialmente con los niños, que no pueden defenderse, no solamente de los médicos sino tampoco de sus padres, que quieren “lo mejor para ellos”. ¿Cada vez hay más niños hiperactivos o cada vez hay más padres que no aguantan a sus hijos en casa?

 

Juan Manuel Olarieta

http://amnistiapresos.blogspot.com.es/

 

 

 

 

“Palabras despiertan sentimientos y son el medio universal con que los hombres se influyen unos a otros.”

Sigmund Freud.

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© Claudia Calvo Dufort y Carmen Salinas Ruiz